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¿Un nuevo orden global?

Afganistán, China y el Orden Liberal Internacional

Los intereses alineados de Afganistán y China aumentan la influencia del gigante asiático en el mundo y suponen una amenaza para el Orden Liberal Internacional. ...

La reciente salida de Estados Unidos de Afganistán y la conquista del poder por parte de los talibanes supone un nuevo foco de interés geopolítico para las grandes potencias internacionales que, desde el prisma de los países occidentales, genera una incógnita renovada de la cuál no se sabe qué esperar ni cómo enfocarla.

Para la comunidad internacional, Afganistán guarda una gran importancia, tanto en términos geopolíticos como económicos. Por un lado, tiene una privilegiada posición geográfica en el corazón de Asia. Se encuentra en el cruce de caminos entre continentes y rutas comerciales que conectan los grandes focos económicos de la actualidad. Además, colinda con potencias de enorme influencia: Irán al oeste, Paquistán al sur y, al este, las zonas disputadas por India, Paquistán y China, las cuales generan una gran tensión entre ellos.

Por otro lado, Afganistán se configura como una gran fuente de materias primas: petróleo, gas natural y recursos minerales, algunos de vital significación para la industria tecnológica como el cobalto y el litio.

Pese a la excepcionalidad de su localización geográfica y cantidad de recursos, Afganistán se encuentra en una situación que no nos es desconocida; décadas de conflictos han sumido a la región en una precariedad infraestructural que debe ser superada si el país quiere labrarse cierto nivel de bienestar poblacional y un lugar en la esfera internacional. Esto no va a poder acontecer de forma unilateral, pues el lastre y el desgaste de su pasado ha creado una necesidad de inversión extranjera para poder reconstruirse.

Frente a esta situación, la presencia de China en Oriente Medio supone una salida real y viable para el dilema afgano. Las políticas de inversión chinas presentan para Afganistán una posibilidad más plausible de ser tenida en consideración, dada su obvia animadversión hacia los países que conforman la OTAN (especialmente Estados Unidos) y las características de la política exterior china en el ámbito económico.

Teniendo en cuenta las dinámicas norteamericanas de inversión y cooperación extranjera, donde Estados Unidos aplica políticas de cero-suma a nivel económico, de la mano de obligaciones de reforma gubernamental y social de reestructuración hacia la democracia y respeto a los derechos humanos, China ha supuesto un cambio de paradigma. Desde su apertura gradual a la esfera internacional, China ha obrado de forma diferente a la que los países con necesidad de inversión extranjera están acostumbrados. En gran manera, esto se debe a su propia historia, marcada de dominación por parte de potencias extrajeras (denominada por el propio pueblo chino como los “cien años de Humillación”), considerando el gobierno que el imperialismo Occidental creó una herida en la cultura del país. A raíz de la consciencia de su pasado, los apoyos económicos que ofrece China a terceros países no van sujetos a una obligatoriedad de adaptarse a su régimen, sino que simplemente esperan un respeto a su sistema político, independientemente de cuál sea el que esté instaurado en el país beneficiario.

En este sentido, la metodología de inversión china casa en mayor manera con las prioridades que tiene Afganistán, considerando también el alejamiento indirecto de Occidente que dicha alianza económica supondría.

Aún así, la inversión China no está libre de peligros, y la historia reciente lo demuestra. En ocasiones, las políticas de inversión del gigante asiático se han convertido en políticas de deuda cuando se da la circunstancia de que el país beneficiario no puede sostener las obligaciones de dicha inversión. Este es el caso del puerto de Hambantota, en Sri-Lanka, donde el gobierno no pudo cubrir los plazos de la deuda y se cedió el control del puerto al gobierno chino por un periodo de 99 años.

Por otro lado, China es la primera interesada en entablar relaciones con el país del oeste asiático, pues un gran número de sus intereses se podrían ver beneficiados de la colaboración afgana. En cuanto a intereses económicos, los recursos naturales de Afganistán suponen un claro foco de atención, especialmente el cobalto y el litio, pues son fundamentales para China y su carrera hacia la innovación en el ámbito de la industria tecnológica.

Teniendo en cuenta que Afganistán forma parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta desde 2013, una inversión en infraestructuras afganas favorecería notablemente el comercio chino, generando más vías de interconexión con el resto del mundo (considerando además su importante localización geográfica).

En términos de seguridad, China tiene muy presente su realidad interna en lo referente a la etnia uigur, pues es considerada un posible foco de terrorismo islámico, y toma medidas consistentes para controlar y subvertir un conflicto interno potencial. En su acercamiento a los regímenes de Oriente Medio y, en este caso, Afganistán, China espera que el apoyo externo a los uigures disminuya por preferencias hacia los intereses comerciales e internacionales que supone una relación con el país.

Políticamente hablando, la excepcionalidad de China en su realidad interna y la reciente apertura al campo de juego internacional ha generado una clara inseguridad en los países que, hasta el momento, controlaban el orden mundial sin apenas intromisiones. Pese a que China no busca la implantación de su sistema político en los países con los que entabla relaciones, sí pretende su aceptación y respeto. A través de su estrategia geoeconómica, busca conseguir la legitimidad que necesita para pervivir en la esfera internacional y mantener su propia jerarquía interna. En este sentido, el proyecto chino necesita amistades en el mundo que luego se transformen en una aceptación indirecta de su sistema político nacional.

De esta manera, aunque Afganistán pueda suponer un riesgo económico para la potencia asiática, supone también una oportunidad global y un paso adelante en su silenciosa carrera contra Occidente. Además, la inestabilidad en la región no supone un impedimento radical para China, pues ya mantiene relaciones con países de cierta volatilidad, como es el caso de Myanmar o Sudán.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que China ve los tiempos desde una perspectiva que, a Occidente, le cuesta comprender; juega la partida a largo plazo. Es consciente de que, para que el cambio sea firme y perdure, debe constituirse a lo largo del tiempo y fraguando poco a poco. Por ello, son capaces de aguantar la posible pérdida e incertidumbre que Afganistán pueda suponer en una primera instancia.

Desde la perspectiva del orden liberal y los que tradicionalmente han sido sus defensores, el crecimiento de la presencia China en las regiones donde antaño primaba la influencia occidental supone un riesgo. El ideario sobre el que se funda el liberalismo está siendo puesto a prueba al verse amenazada la creencia de que únicamente la democracia va conectada con prosperidad económica. De la misma manera, el aumento del influjo asiático en el mundo está dejando en evidencia que hay aliados poderosos fuera de Europa y Norteamérica, debilitando gradualmente el orden que tantas décadas costó construir.

Obvio es que China está creciendo y que, poco a poco, va ganando influencias en un orden internacional donde Estados Unidos no quiere seguir siendo el primus inter pares en la defensa de la democracia en el extranjero, dejando a Europa y a sus instituciones en una situación comprometida en la que deben decidir cuál será su papel. En consecuencia, el valor de la situación de Afganistán debe ser sopesado con meticulosidad y no como un mero caso aislado, pues supone una importante pieza en el tablero dónde se está dibujando el orden mundial del futuro.